El amor tiene una mala reputación. A menudo se le relaciona con la perfección, con la armonía o con aquello que consideramos bello. Sin embargo, el amor más profundo suele hacer algo muy distinto: reúne lo que estaba separado.
En esta obra exploro la convivencia de aparentes opuestos: la luz y la sombra, la fuerza y la vulnerabilidad, la vida y la muerte, las flores y los huesos. Elementos que solemos entender como incompatibles, pero que en realidad forman parte de una misma experiencia humana.
Vivimos en una cultura que nos invita a mostrar nuestras flores y esconder nuestros huesos. A celebrar lo luminoso mientras ocultamos aquello que nos duele, nos asusta o nos recuerda nuestra fragilidad. Pero todos llevamos un esqueleto bajo la piel. Todos habitamos paradojas.
Todos somos, al mismo tiempo, belleza y herida. En esta obra hablo de una mujer enamorada. Pero no desde la idea limpia, perfecta o domesticada del amor, sino desde un amor que la expande.
Un amor que no le pide esconder su sombra para poder florecer. Un amor que no excluye ninguna parte de lo que es. Las flores aparecen como expansión, deseo y vida. Los huesos como estructura, verdad y memoria.
Juntos hablan de algo que me interesa profundamente: la posibilidad de integrar aquello que hemos aprendido a separar. Porque basta de querer ser únicamente luminosos. Basta de creer que amar significa volvernos más agradables, más suaves o más bonitos.
La mujer danza porque no está fragmentada. Se permite ser flor y hueso, dulzura y fuerza, belleza y misterio. Está enamorada, sí, pero sobre todo está reunida consigo misma.
Lo claro y lo oscuro respiran en ella. Y de pronto, estalla: es cuerpo en danza, color en expansión.
“Entera”
100×110cm
Óleo y estilógrafo sobre lienzo
2026
$100,000.00 MXN